Entonces Dios dijo estas palabras a todo Israel: “Yo soy tu Dios, que te saqué de Egipto, de la casa de esclavitud”. Los mandamientos empezaron con ser fieles solo a Dios, y con una advertencia: no hacer ni adorar ídolos. Dios también mandó no jurar en falso usando Su nombre.
Les dijeron que recordaran el Shabbat: trabajar seis días, pero descansar el séptimo, los niños, los siervos, los animales y hasta los extranjeros que vivieran en sus ciudades, porque Dios hizo el cielo y la tierra en seis días y descansó el séptimo. También mandó honrar al padre y a la madre, y no asesinar, no cometer adulterio, no robar, no dar falso testimonio, y no desear lo que le pertenece a un vecino.
El pueblo vio los relámpagos, oyó los truenos y el sonido del cuerno, y miró el monte lleno de humo. Con miedo, se quedaron atrás y le rogaron a Moisés: “Tú háblanos… pero que Dios no nos hable, para que no muramos”. Moisés les dijo que no tuvieran miedo, y se acercó a la nube espesa.
Dios le dijo a Moisés que no hicieran dioses de plata ni de oro. En cambio, Israel debía construir un altar sencillo de tierra, o de piedras sin cortar, sin escalones. Dios prometió venir y bendecirlos en el lugar donde hiciera que Su nombre fuera recordado.