Cuando Moisés terminó de hablar, la comunidad se fue de su presencia, y después regresaron con las manos abiertas. Hombres y mujeres vinieron con ofrendas voluntarias: broches, zarcillos, anillos y colgantes de oro. Otros trajeron plata o cobre. Quienes tenían hilos azules, púrpuras y carmesí los trajeron, junto con lino fino, pelo de cabras, cueros rojos de carneros y cueros de tejones. Cualquiera que tenía madera de acacia para la obra la cargó y la llevó.
Mujeres hábiles hilaron con sus propias manos y trajeron el hilo que habían hecho. Los jefes trajeron lapislázuli y otras piedras para engastar, para el ephod y el racional, y también trajeron especias y aceite para la luminaria, aceite de la unción e incienso aromático.
Moisés le contó al pueblo que Dios había elegido a Bezaleel, de la tribu de Judá, y a Aholiab, de la tribu de Dan. Dios los llenó de habilidad, capacidad y conocimiento para tallar, diseñar, bordar y tejer, y ellos reunieron a otros trabajadores expertos para ayudar.
Mañana tras mañana siguieron llegando regalos, hasta que los artesanos le dijeron a Moisés: “El pueblo está trayendo más de lo que se necesita”. Entonces Moisés hizo un anuncio por todo el campamento: nadie debía traer más. El pueblo se detuvo, porque ya había suficiente para toda la obra.