En Egipto, Dios le dio a Israel un nuevo comienzo para contar los meses. El día diez, cada familia tomó un cordero (o un cabrito) de un año, sin defecto. Si una casa era pequeña, lo compartía con sus vecinos. El día catorce, al atardecer, lo sacrificaban, ponían su sangre en los postes de la puerta y en el dintel, y comían la carne asada con matzá (pan sin levadura) y hierbas amargas, listos para salir, con sandalias puestas y el bastón en la mano.
Esto se llamó Pesaj, una palabra en hebreo que significa “pasar por encima”, porque Dios vería la sangre y pasaría por encima de las casas de los israelitas cuando castigara a los primogénitos de Egipto. A la medianoche murieron los primogénitos de Egipto, y se oyó un grito enorme. Faraón llamó a Moisés y a Aarón en la noche: “Levántense, salgan. Llévense sus ovejas y sus vacas y vayan a servir a Dios.” Los egipcios los apuraron para que se fueran rápido.
Los israelitas salieron con la masa todavía sin fermentar, llevando los tazones para amasar envueltos en sus mantos. Tomaron plata, oro y ropa, y viajaron de Rameses a Succot, unos seiscientos mil hombres a pie, además de otras personas y mucho ganado. Dios les mandó consagrar a Él todo primogénito y recordar este rescate año tras año.