Pasó mucho tiempo y el rey de Egipto murió. Los hijos de Israel gemían por la esclavitud, y su clamor subió hasta Dios. Dios recordó el brit (el pacto) con Abraham, Isaac y Jacob, y vio el sufrimiento de su pueblo.
Un día, Moisés estaba pastoreando el rebaño de su suegro Yitró cuando llegó a Horeb, el monte de Dios. Allí vio algo increíble: una zarza estaba en llamas, pero no se consumía. Desde la zarza, Dios lo llamó: “¡Moisés! ¡Moisés!”, y él respondió: “Aquí estoy”. Dios le dijo que se quitara las sandalias porque el lugar era sagrado, y le contó que rescataría a Israel y lo llevaría a una buena tierra.
Moisés preguntó qué nombre debía decirles a los hijos de Israel. Dios le respondió con una frase en hebreo: “Ehyeh-Asher-Ehyeh”, que significa “Seré lo que seré”. Dios envió a Moisés a reunir a los ancianos de Israel y a hablar con Faraón, pidiendo ir tres días al desierto para ofrecer sacrificios.
Más tarde, Moisés y Aarón fueron a ver a Faraón, pero Faraón se negó y puso el trabajo todavía más pesado. Ordenó que el pueblo buscara su propia paja, pero que siguieran entregando la misma cantidad de ladrillos. Los capataces israelitas fueron golpeados, y Moisés clamó a Dios. Dios le respondió que pronto vería lo que Él haría: Faraón dejaría salir al pueblo por una fuerza mayor.