En el Monte Sinaí, Dios le habló a Moisés sobre Bejukotai, “En Mis leyes”. Dios prometió que, si los israelitas seguían Sus mandamientos, la tierra estaría bien cuidada. “Yo daré vuestra lluvia en su tiempo”, dijo Dios, “y la tierra rendirá sus producciones, y el árbol del campo dará su fruto”. Las cosechas llegarían una tras otra: la trilla alcanzaría a la vendimia, y la vendimia alcanzaría a la sementera, así que la gente comería su pan en hartura y viviría segura en su tierra. Dios también prometió paz: no pasaría por el país la espada, y haría quitar las malas bestias de la tierra. Incluso cuando llegaran enemigos, el pueblo tendría fuerza para perseguirlos y hacerlos caer. Dios se volvería hacia ellos con favor, los haría crecer y multiplicarse, y afirmaría Su pacto. “Y comeréis lo añejo de mucho tiempo”, agregó Dios, “y sacaréis fuera lo añejo a causa de lo nuevo”. Y lo más importante, Dios prometió: “Y pondré mi morada en medio de vosotros... y andaré entre vosotros, y yo seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo”, el mismo que los sacó de la tierra de Egipto y los hizo andar con el rostro alto.