Los exploradores se reunieron delante de Moisés, Aarón y toda la comunidad. “De verdad la tierra fluye leche y miel”, dijeron, mostrando la fruta. “Pero la gente de allí es poderosa, y las ciudades son grandes y fortificadas. Vimos a los hijos de Anac. Los amalecitas viven en el Néguev; los heteos, jebuseos y amorreos en las montañas; y los cananeos junto al mar y a la orilla del Jordán”.
Caleb hizo callar a la multitud. “Subamos de una vez”, dijo. “Seguro que podemos conquistarla”. Pero los otros insistieron: “No podemos atacar, ellos son más fuertes que nosotros”. Y empezaron a asustar a todos con rumores: “La tierra se traga a los que viven en ella. Vimos gigantes, y nos sentimos como langostas”.
Esa noche el pueblo lloró y se quejó: “¡Ojalá hubiéramos muerto en Egipto, o aquí! ¿Por qué Dios nos trae para caer a espada? Nuestras esposas y nuestros hijos serán llevados como botín. ¡Volvamos a Egipto!”. Moisés y Aarón se postraron con el rostro en tierra. Josué y Caleb rasgaron sus ropas y le rogaron al pueblo que no se rebelara. Cuando la multitud los amenazó, la Presencia de Dios apareció en el Ohel Moed, la Tienda de Reunión.