Más tarde, esa misma noche, Jacob tomó a sus dos mujeres, a sus dos siervas y a sus once hijos, y cruzó el arroyo Jaboc. Después de hacer pasar a todos y todo lo que tenía, Jacob se quedó atrás, solo.
En la oscuridad, una figura misteriosa luchó con él hasta que rayaba el alba. Cuando la figura vio que no podía con Jacob, le tocó el encaje del muslo y se lo descoyuntó. Aun así, Jacob no lo soltó y dijo: “No te dejaré, si no me bendices”.
La figura le preguntó su nombre. “Jacob”, respondió. Entonces le dijo: “No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel, porque has peleado con Dios y con los hombres, y has vencido”. Jacob llamó a ese lugar Peniel, que significa “rostro de Dios”, porque dijo que había visto a Dios cara a cara y había vivido. Cuando salió el sol, Jacob cojeaba.
Pronto Jacob vio a Esaú venir con cuatrocientos hombres. Jacob se inclinó a tierra siete veces. Pero Esaú corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó, y los dos lloraron. Esaú aceptó el regalo después de que Jacob insistió, y Jacob siguió su camino hasta Sucot.