El hambre siguió siendo muy fuerte, y al final Jacob dejó que Benjamín fuera. Mandó regalos: bálsamo, miel, goma, ládano, pistachos y almendras, y también el doble de dinero. En Egipto, José ordenó que prepararan una comida en su casa. Los hermanos tenían miedo por el dinero que había vuelto a aparecer, pero el mayordomo les dijo que su Dios les había puesto un tesoro en las bolsas, y sacó a Simeón para reunirse con ellos.
José vio a Benjamín y dijo: «Dios tenga misericordia de ti, hijo mío». Después de la comida, José le ordenó a su mayordomo que llenara sus sacos con comida, que devolviera otra vez el dinero, y que escondiera la copa de plata de José en el saco de Benjamín.
Al amanecer salieron, pero el mayordomo los alcanzó y los acusó. Ellos protestaron y dijeron que quien tuviera la copa sería esclavo. Empezaron a buscar desde el mayor hasta el menor, y la copa apareció en el saco de Benjamín. Los hermanos rasgaron sus ropas y regresaron. Judá y los demás cayeron al suelo delante de José, pero José dijo que solo el que tenía la copa sería su esclavo, y que los demás podían irse en paz.