Al pie del Monte Sinaí, Moisés le enseñó al pueblo un conjunto de reglas llamado Mishpatim, que significa “leyes”, para guiar la vida diaria. Empezó hablando de los siervos: un siervo hebreo trabajaría seis años y en el séptimo saldría libre, sin pagar nada. Si había entrado con esposa, ella salía con él. Pero si el amo le había dado esposa y tenían hijos, la esposa y los hijos se quedaban con el amo, a menos que el hombre eligiera quedarse también. Si decidía quedarse, entonces le perforaban la oreja junto al poste de la puerta.
Moisés también habló de cuidar la vida y de arreglar las cosas cuando alguien hace daño. Si alguien mataba a propósito, era un crimen gravísimo. Si pasaba por accidente, Dios preparaba un lugar al que la persona podía huir. Si alguien hería a otra persona, tenía que pagar por la curación y por el tiempo que la persona no pudo trabajar. Había reglas sobre bueyes peligrosos, pozos destapados, robos y cómo pagar lo que se dañó.
Dios ordenó a los israelitas no maltratar a los extranjeros, ni a las viudas, ni a los huérfanos, y no cobrar interés a los pobres. Debían descansar en el Shabbat, el séptimo día. También debían dejar que la tierra descansara en el séptimo año, y celebrar tres fiestas cada año: Panes sin Levadura, Cosecha y Recolección.