En las llanuras de Moab, Moisés reunió a todos bien cerca. Los jefes de las tribus, los ancianos, los oficiales, los papás y las mamás, los niños, y hasta el extranjero del campamento, desde el que corta la leña hasta el que saca el agua, estaban juntos para escuchar.
Moisés dijo que estaban allí para entrar en un pacto, una promesa muy seria con Dios, con advertencias y consecuencias. Esa promesa los confirmaría como el pueblo de Dios, tal como Dios lo había prometido a sus antepasados Abraham, Isaac y Jacob. Y Moisés quiso que entendieran algo importante: el pacto no era solo para los que estaban allí ese día, sino también para los que no estaban allí, las generaciones futuras que vendrían después.
Moisés les recordó lo que habían visto en Egipto y entre otras naciones: ídolos y “cosas abominables”, hechos de madera y piedra, de plata y oro. Les advirtió que no dejaran que alguna persona, familia o tribu se apartara en silencio para servir a esos dioses, como una planta venenosa que se va extendiendo por un campo.