Moisés se paró en un lugar donde todos pudieran oírlo. Miró hacia el cielo y luego hacia el suelo, como si estuviera llamando a todo el mundo a escuchar. Quería que sus palabras cayeran como lluvia y rocío sobre la hierba, suaves y constantes, hechas para quedarse en el corazón.
Habló del nombre de Dios y le pidió al pueblo que le diera honor. Llamó a Dios “la Roca”, firme y verdadera, cuyos caminos son justos y fieles.
Luego Moisés los retó a recordar: “Pregunten a sus padres… a sus viejos”. Les recordó cómo el Altísimo dio a las naciones sus lugares y puso límites, y cómo Israel era la porción de Dios. Dios los encontró en el desierto, en un lugar vacío que aullaba con el viento, y los cuidó como a la niña de su ojo. Como un águila que levanta a sus crías sobre alas fuertes, Dios cargó a Israel. Les dio miel de la peña, aceite de la roca dura, leche y cuajada, los mejores corderos y trigo, y bebida rica de uvas.