Moisés explicó cómo debía ser la vida en la tierra. Primero dijo que tenían que destruir por completo los lugares donde las naciones a las que iban a quitarles la tierra servían a sus dioses, en montes altos, en colinas y debajo de árboles frondosos. “Derriben sus altares, rompan sus columnas, quemen sus postes sagrados y destruyan sus imágenes”, dijo, “para que el nombre de ellos desaparezca de ese lugar”. No debían servir a Dios de esas maneras.
En cambio, debían ir al único lugar que Dios escogería entre las tribus para hacer habitar allí Su nombre. Allí llevarían ofrendas, diezmos y regalos, y comerían con alegría con toda su familia: hijos e hijas, siervos y siervas, y también con el Levita, que no tenía tierra propia.
Podían comer carne en sus ciudades, pero nunca sangre, porque la sangre es la vida; debía derramarse en la tierra como agua. Moisés también habló de alimentos tahor (puros) y tamei (impuros), y repitió: “No cocerás el cabrito en la leche de su madre”. Y agregó algo más: no cerrar el corazón cuando alguien necesita ayuda, sino abrir la mano y prestar lo suficiente, incluso cuando ya se acerca el séptimo año, el tiempo de la shemitá (cuando se perdonan deudas).