Jacob llegó a la tierra de los orientales y vio un pozo en el campo, con una piedra enorme sobre la boca. Los pastores esperaban a que se juntaran todos los rebaños antes de moverla. Jacob les preguntó si conocían a Labán de Harán. Sí lo conocían, y justo entonces llegó Rachêl, la hija de Labán, guiando las ovejas de su padre, porque ella era la pastora.
Cuando Jacob la vio, se acercó, movió la piedra y dio de beber al rebaño. Luego besó a Rachêl y lloró, contándole que era su pariente, el hijo de Rebeca. Rachêl corrió a avisarle a su padre, y Labán salió rápido a recibir a Jacob.
Después de un mes, Labán le preguntó qué salario quería. Jacob amaba a Rachêl y aceptó trabajar siete años para casarse con ella. Pero en la boda, Labán llevó a Lea, la hermana mayor, en su lugar. Jacob trabajó otros siete años y después también se casó con Rachêl.
Lea tuvo hijos: Rubén, Simeón, Leví y Judá. Rachêl, que no podía tener hijos, le dio a Jacob a su sierva Bilhah, y Bilhah tuvo a Dan y a Neftalí. Lea dio a su sierva Zilpa, y Zilpa tuvo a Gad y a Aser. Más tarde, Lea tuvo más hijos, y Dios se acordó de Rachêl, y ella tuvo a José.