Después de quedarse mucho tiempo en Cades, Israel dio la vuelta hacia el desierto por el camino del mar Bermejo. Pasaron años, treinta y ocho desde Cades-barnea hasta que cruzaron la arroyada de Zered, hasta que ya no quedó aquella generación de guerreros.
Entonces Dios dijo: “Vayan hacia el norte”. Moisés advirtió al pueblo que fueran cuidadosos con sus parientes: no provoquen a los descendientes de Esaú en Seir, y no molesten a Moab ni a Ammón, porque Dios les había dado esas tierras a ellos. En el camino, Israel incluso compró comida y agua, y Moisés dijo que durante cuarenta años no les había faltado nada.
En la arroyada de Arnón, Dios le dijo a Moisés que empezara la lucha con Sehón, rey de Hesbón. Primero Moisés envió una propuesta de paz, pidiendo quedarse en el camino principal y pagar por lo que necesitaran, pero Sehón se negó. Dios entregó a Sehón en manos de Israel en Jahaz, y capturaron las ciudades.
Después vino Og, rey de Basán, en Edrei. Dios dijo: “No tengas miedo”, y Og también fue derrotado. Moisés contó cómo la tierra al oriente del Jordán se repartió entre Rubén, Gad y la mitad de Manasés, y les encargó a los guerreros que ayudaran a sus hermanos israelitas. También animó a Josué: “Ustedes vieron lo que Dios hizo con estos reyes; Dios peleará por ustedes”.