Moisés ordenó apartar ciudades de refugio. Si alguien mataba a otra persona por accidente, sin odio, podía correr a una de esas ciudades y vivir. Moisés imaginó a dos hombres cortando leña: la cabeza del hacha sale volando y golpea al otro. El que corría quedaría protegido de un “vengador de sangre” furioso hasta que se entendiera bien el caso. Pero si alguien atacaba a propósito y luego intentaba esconderse en una ciudad de refugio, los ancianos debían sacarlo de allí para que recibiera su castigo.
En el tribunal, añadió Moisés, un solo testigo no era suficiente. Si alguien mentía como testigo falso, los jueces tenían que investigar, y el mentiroso recibiría la misma pena que había querido traerle al otro.
Moisés también habló de la guerra. Cuando Israel viera caballos y carros, no debía entrar en pánico, porque Dios iba con ellos. Antes de la batalla, el sacerdote hablaría, y los oficiales mandarían a casa a quien tuviera cosas importantes sin terminar o a quien tuviera miedo. Y cuando rodearan una ciudad, Israel no podía cortar árboles frutales para hacer obras de asedio.
Por último, si encontraban a una persona asesinada y nadie sabía quién lo había hecho, los ancianos del pueblo más cercano llevarían una becerra a un arroyo en un valle, le romperían el cuello, se lavarían las manos y le pedirían a Dios que quitara la culpa por la sangre inocente.