Otra vez Moisés se encontró con el Faraón por la mañana y le advirtió que vendrían nubes de insectos que llenarían las casas y hasta cubrirían el suelo. Dios dijo que apartaría la tierra de Gosén, donde vivían los israelitas, para que allí no hubiera insectos.
Los insectos llegaron en gran cantidad y arruinaron la tierra. El Faraón trató de negociar: “Ofrezcan sacrificios aquí, en el país”. Moisés respondió que debían caminar tres días hacia el desierto. Cuando Moisés le pidió a Dios que los quitara, Dios los hizo desaparecer, pero el Faraón aun así no dejó ir al pueblo.
Después, Dios envió una enfermedad terrible sobre el ganado de Egipto: caballos, asnos, camellos, vacas y ovejas. Pero los animales de Israel no fueron dañados. El Faraón mandó a revisar y vio que era verdad, y aun así siguió terco.
Luego Moisés arrojó hollín de un horno hacia el cielo, y se volvió un polvo fino que causó llagas dolorosas en personas y animales. Hasta los magos quedaron afectados.
Por último, Dios advirtió que vendría una tormenta de granizo como Egipto nunca había visto. Algunos sirvientes del Faraón corrieron para meter a los esclavos y a los animales bajo techo, pero otros no hicieron caso. Moisés extendió su vara, y cayeron truenos, granizo y fuego, rompiendo árboles y golpeando todo lo que estaba afuera. Solo en Gosén no cayó granizo.
El Faraón admitió que se había equivocado y le rogó a Moisés que pidiera ayuda. Moisés extendió sus manos, y la tormenta se detuvo, pero el corazón del Faraón se endureció otra vez.