Balac, hijo de Zippor, rey de Moab, vio todo lo que Israel había hecho al Amorrheo. El campamento de Israel era enorme, tan grande que parecía que “cubrían la haz de la tierra”. Moab tuvo muchísimo miedo. Balac les dijo a los ancianos de Madián: “Ahora lamerá esta gente todos nuestros contornos, como lame el buey la grama del campo”.
Entonces Balac envió mensajeros muy lejos, a Balaam hijo de Beor, a Pethor, junto al río. “Ven y maldíceme a este pueblo”, le rogó Balac. “Yo sé que el que tú bendijeres será bendito, y el que tú maldijeres será maldito”.
Balaam les dijo a los visitantes: “Quédense aquí esta noche, y yo les diré lo que Dios me hable”. Esa noche Dios vino a Balaam y le preguntó quiénes eran esos hombres. Cuando Balaam explicó lo que querían, Dios fue muy claro: “No vayas con ellos, ni maldigas al pueblo, porque es bendito”.
Por la mañana, Balaam mandó a los mensajeros de regreso: “Dios no me quiere dejar ir con ustedes”.