En el desierto, Dios le habló a Moisés: “Habla a toda la comunidad de Israel”. Moisés se puso delante del pueblo y repitió las palabras de Dios: “Sean santos, porque Yo, su Dios, soy santo”.
Explicó que la santidad no era solo para la Tienda de Reunión, sino también para los días normales. “Respeten a su madre y a su padre”, dijo, “y cuiden Mi Shabbat”, usando la palabra en hebreo para ese día especial de descanso. “No se vuelvan hacia los ídolos ni hagan dioses de metal fundido”.
Moisés también enseñó sobre las ofrendas de bienestar. Si alguien traía una ofrenda, debía comerse ese mismo día o al día siguiente. Lo que quedara para el tercer día tenía que quemarse. Comerla al tercer día sería tratar algo sagrado como si fuera algo común, y esa persona cargaría con culpa y sería apartada de su gente.
El pueblo escuchó con mucha atención. Estas instrucciones eran para guiar cómo adoraban y cómo vivían juntos.