Cuando Esaú tenía cuarenta años, se casó con mujeres hititas, y eso les trajo mucha tristeza a Isaac y a Rebeca. Años después, Isaac ya era viejo y casi no podía ver. Llamó a Esaú y le dijo: “Ve a cazar y prepárame el plato que me gusta, para que yo te bendiga antes de morir”.
Rebeca escuchó todo y enseguida le dijo a Jacob que trajera dos cabritos del rebaño. Ella cocinó la comida, vistió a Jacob con la ropa más bonita de Esaú, y le cubrió las manos y el cuello con pieles para que se sintiera velludo. Jacob llevó la comida a Isaac y dijo que era Esaú. Isaac dudó: “La voz es la voz de Jacob”, pero al tocarle las manos y oler la ropa, le dio la bendición.
Poco después volvió Esaú, e Isaac tembló al darse cuenta de lo que había pasado. Esaú lloró y suplicó una bendición. Isaac le habló de una vida difícil, de vivir por la espada y servir a su hermano hasta que algún día pudiera liberarse.
Esaú pensó en matar a Jacob, así que Rebeca envió a Jacob a Harán, a casa de su hermano Labán. Isaac bendijo a Jacob otra vez y le dijo que buscara esposa en la familia de Rebeca, y no entre las mujeres de Canaán.