Moisés les pidió que recordaran lo que habían visto con sus propios ojos. “No dejen que se borre de su mente”, dijo, “y cuéntenlo a sus hijos y a los hijos de sus hijos”. Los llevó con sus palabras de vuelta a Horeb, el monte cubierto por una nube espesa, ardiendo con fuego hasta el cielo. “Ustedes estaban al pie del monte”, les recordó Moisés. “Dios habló desde el fuego. Oyeron palabras, pero no vieron ninguna figura, solo una voz”.
Fue entonces cuando Dios anunció el pacto, los Diez Mandamientos, y los escribió en dos tablas de piedra. Y como no vieron ninguna forma, Moisés les advirtió que no hicieran ninguna imagen tallada: ni de persona, ni de animal, ni de ave, ni de algo que se arrastra, ni de pez. También les advirtió que no se dejaran atraer para servir al sol, la luna o las estrellas.
Moisés les recordó que Dios los sacó de Egipto “como de un horno de hierro” para que fueran Su pueblo. Advirtió que si olvidaban el pacto y corrían tras los ídolos, serían esparcidos entre otros pueblos. Pero también habló con esperanza: incluso lejos, si buscaban a Dios con todo el corazón y con toda el alma, y regresaban para obedecer, lo encontrarían, porque Dios es compasivo y fiel al juramento que hizo a sus antepasados.