Moisés habló de cómo podría ser la vida en la tierra. Si el pueblo escuchaba a Dios y guardaba los mandamientos, las bendiciones los alcanzarían: bendición en la ciudad y en el campo, hijos sanos, rebaños fuertes, canastas llenas, y lluvia a su tiempo. Los enemigos que atacaran serían rechazados, e Israel sería conocido como un pueblo santo.
Pero Moisés también advirtió que negarse a escuchar traería lo contrario. Describió miedo, enfermedad, sequía, derrota, y ser esparcidos entre otras naciones, donde la gente podría terminar sirviendo dioses de madera y de piedra. Algunas imágenes eran duras: ciudades sitiadas y un hambre terrible.
Después, Moisés les recordó lo que ya habían visto: las maravillas de Dios en Egipto, los cuarenta años en el desierto cuando su ropa y sus sandalias no se gastaron, y las victorias sobre el rey Sihón de Hesbón y el rey Og de Basán. Sus tierras fueron dadas a Rubén, Gad y la mitad de Manasés. “Así que guarden el brit”, dijo Moisés, “y les irá bien en todo lo que hagan”.