Cuando los camellos terminaron de beber, el siervo le dio a Rebeca un pendiente de oro y dos brazaletes de oro. Le preguntó de quién era hija y si había lugar para pasar la noche. Rebeca dijo que era hija de Betuel, de la familia de Milca y Najor, y que en su casa había paja y mucho forraje, y también lugar para dormir.
Labán, el hermano de Rebeca, salió corriendo a recibir al siervo y lo invitó a entrar. Le pusieron comida delante, pero él dijo que no comería hasta contar su mensaje. Explicó cómo Dios había bendecido a Abraham, cómo Isaac heredaría todo, y cómo él había pedido una señal en el pozo y encontró a Rebeca exactamente como había pedido. Labán y Betuel respondieron: “De Dios ha salido esto”, y aceptaron enviarla. Y Rebeca misma dijo: “Sí, iré”.
Ella viajó de regreso en los camellos con sus sirvientas. Isaac, que vivía en el Néguev cerca del pozo del Viviente que me ve, vio los camellos venir mientras caminaba por el campo al atardecer. Rebeca preguntó quién era el hombre; cuando le dijeron que era Isaac, ella se cubrió con un velo. Isaac la llevó a la tienda de Sara, se casó con ella, la amó y se sintió consolado.
Más tarde Abraham se casó con Cetura y tuvo más hijos. Le dio a Isaac todo lo que tenía, y a los otros hijos les dio regalos y los envió hacia el oriente. Abraham murió a los 175 años, e Isaac e Ismael lo enterraron en la cueva de Macpela. Después, Dios bendijo a Isaac.